Los sentidos y las brasas queman por igual, son como un manantial de cocaína errática entrado por poros tapados.
Allí esta la suplicante pidiendo una tregua, como poseída tuerce la mano, se la muerde para no dañar.
Corriendo llega a la parada del colectivo y sin atisbos retrocede, golpea de nuevo la puerta que hace unos minutos dejo atrás.
No hay problema que los inquilinos escuchen las suplicas, cuantas veces Nahir tuvo que salir asustado buscando un guardia de seguridad o algún policía para detener las bravuras de Saya, todo en oriente estaba quieto.
Las penumbras eran un recodó muy buscado, pero esta vez la noche y las penumbras eran el único testigo ocular de la escena.
La sordera incrédula de los vecinos, eran parte de la imaginación de Nahir, aquel que nació raro, por que no atentaba contra ningún pedido de libertad de Saya ni alguna otra mujer que lo haya amado.
A veces se preguntaba si era por amor que lo perdía todo.
La puerta estaba cerrada y estuvo así, las suplicas no conmovieron a Nahir.
Saya inconsciente de temor,
se desparramo en un páramo cercano , unos arbustos rosados y durmió.
No hubo palabras ni intermediarios, solo el viento hizo que el cantar de Saya buscara y llegara a los sueños de Nahir.
Cuando se despertó salio corriendo buscando entre las calles las plazas los paramos lo que pensó que los sueños le decían.
Llegó al lugar donde Saya durmió la noche que el no abrió la puerta, vio el pañuelo amarillo,
se acerco lentamente para no despertarla, Cuando la toco un suave viento que paseaba por ahí roso los pómulos, y empezó a desharserce, todo el cuerpo de Saya estaba convirtiéndose en arena seca fina morena,
Nahir se quedo con el pañuelo amarillo entre manos, con la boca abierta, no pudiendo creer que la mujer que amaba se le iba con el viento.
Se despertó en medio del cuartel, transpirado inquieto, las bombas en Palestina seguían cayendo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario